Los Tres Magos se adentraron silenciosamente en la oscuridad del desierto. A lo lejos, en Belén, se escuchaba el llanto de los niños, las súplicas de las madres. El viento traía El acre olor de la sangre derramada.
El primero de ellos avanzaba, a lomos de su camello, con el ceño fruncido y los ojos acuosos enmarcados por su barba y melena plateadas. Tras él, el Mago del cabello castaño mostraba un gesto inexpresivo, la boca abierta, la mirada perdida. Por último, el joven mago de piel oscura agachaba el rostro, oculto bajo el turbante de seda dorada, ligeramente alejado de los otros dos.
-En aquél momento nos pareció una buena idea -dijo Jasper-
-Debió parecértelo a ti -replicó Melkon, con la voz tomada- .
-“Tengo una idea, vayamos a preguntar al Rey a ver si sabe algo del nacimiento de un mesías”. Ya te dije que eso no podía acabar bien -dijo Bithisarea.
-Bueno; es el Rey. Se supone que sabe todo cuanto ocurre en su reino, o debiera saberlo. Además, yo pensaba que se alegraría de saber que el Rey de reyes iba a nacer en sus dominios.
-A los reyes no les gusta la competencia, Jasper -replicó Bithisarea-. No puedo creer que te consideres sabio. De hecho, no puedo creer que ninguno nos lo consideremos, dadas las circunstancias.
-Al menos el Niño escapó. Pudimos avisarle a tiempo.
-Sí -replicó Bithisarea- a costa de la muerte de otros cientos. Menudo éxito hemos tenido.
Durante otro largo rato, los camellos avanzaron en silencio. Los gritos cesaron, o, debido a la distancia, dejaron de oírse.
- Debimos seguir la estrella , dijo Melkon. Hasta el final. Nos hubiera guiado hasta el lugar señalado por la profecía, sin necesidad de contarle nada a nadie. Nada de esto hubiera sucedido.
- No era una estrella -replicó Bithisarea-
- Un planeta no era -dijo Jasper-
- Supongo que esa discusión ya no importa mucho. -zanjó Melkon- quizás sí en su momento, cuando aún no habíamos emprendido viaje, sentados en mi estudio, tres eruditos astrólogos disfrutando del saber compartido….
- Habla por ti -dijo Bithisarea en tono cortante- . Yo soy astrónomo. O, mejor dicho, lo era. Desde que partimos de Belén, soy incapaz de reconocer una estrella. Es como si no supiera leer, o hubiera olvidado como hacerlo. Vagamos sin rumbo.
- Me ocurre lo mismo -dijo Jasper-
- Pues ya somos tres -añadió Melkon-.
- El Ángel nos advirtió -dijo Bithisarea- . En nuestro sueño, nos dijo que nos marcháramos por otro camino. Sólo que no especificó cuál. En realidad….
…. nos estaba maldiciendo -dijo Melkon-.
- ¿Maldiciendo? -preguntó jasper, inquieto- ¿Por qué? ¿qué hemos hecho para merecer algo así?
- La sangre derramada de todos esos niños manchará nuestros nombres para siempre, Jasper -dijo Melkon-, Estamos malditos. Condenados a vagar sin rumbo para siempre.
- Jamás podremos regresar a nuestros hogares -dijo Bithisarea-.
- Bueno, en realidad yo no podía volver de todas formas. Entregué todo el oro de las ofrendas de los adoradores de mi templo, a los pies de aquél niño. Estoy seguro de que estarán aguardándome impacientes para dar explicaciones acerca del curioso destino que di a su riqueza.
-¿Todo tu oro? -replicó Jasper, asombrado- Pero, Melkon, viejo amigo, ¿en qué estabas pensando?
-Yo… No lo sé. ¿Qué se suponía que debía hacerse? Las profecías eran claras. Aquél niño debía ser el Rey de los Judíos, Dios hecho carne. Pero todo cuanto encontramos era al hijo de un miserable teknon arrumbado en un establo apestoso. Y luego todos esos niños muertos… No sé qué conclusión sacar de todo esto. De no haber tenido que salir huyendo, hubiera ido a que me devolvieran lo mío. Cambiarlo por unas cabras. Me siento engañado. El hijo de Dios ha nacido, dicen, y nada ha cambiado, salvo para nosotros. Y para mal.
-Puede que nada haya cambiado -dijo Bithisarea- y puede que tal vez nada vuelva a ser lo mismo. Le entregaste tu oro a un bebé pobre e indefenso que no podía arrebatártelo por la fuerza. El rico se dio al que nada tiene. Tal vez ese es el mensaje. Aunque ya nunca lo sabremos. Moriremos en este desierto.
- Quizás sí, y quizás no -dijo Jasper- en cualquier caso, fijaos en esa estrella de ahí arriba, al oeste de nuestras cabezas.
-¿Qué le ocurre? -Preguntó Melkon-
- No estaba ahí hace un momento. Las estrellas no surgen así porque sí. Hace falta mucho tiempo para eso.
Los tres magos permanecieron mirando al cielo un tiempo indeterminado.
- Llevamos Siglos vagando por este Desierto. -Concluyó Melkon-.
-Así es, ¿No es increíble? -replicó Jasper- me temo que la Maldición inluye otro pequeño detalle; somos inmortales, no morimos y el tiempo pasa de una manera extraña.
- Seremos inmortales -gruñó Bithisarea- pero aún así tengo hambre.
A lo lejos, divisaron unas hogueras.
- Es un poblado, sin duda -dijo Melkon-.
- Quizás podrían darnos algo de comer -observó Jasper-
-Bueno, nuestro aspecto nos aseguraría una buena recepción, pero, aún así, la comida hay que pagarla. Y, como dije antes, todo nuestro oro se quedó en aquél pesebre.
- Ya se nos ocurrirá algo -dijo Bithisarea-
- Sin duda -respondió Jasper-
Y así, los tres sabios se adentraron en la oscuridad. A lo lejos, se escuchó la risa de un niño.
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