EL AMANECER DE CAÍN

escrito con cariño por SlowBurn

TAMBORES NEGROS REDOBLAN, EN ESTE AMANECER DE CAÍN.

Muchas cosas pueden cambiar, en un relativo espacio corto de tiempo, eso ha escrito por ahí abajo un amigo mío.
Pero hay cosas que no cambian, no cambiarán nunca. Afortunadamente en la ocasión que mi amigo refiere espero no encontrarme con la inquina humana, la codicia, la autocomplacencia y otras cualidades que hacen del ser humano algo digno de lástima, incluido yo en la especie, no se vayan a creer

Esto no es más que una observación genérica. Me gusta ver que por lo menos para alguien las cosas o muchas cosas han cambiado e intuyo que lo han hecho para bien, y si esa persona es un amigo pues nada, miel sobre ojuelas, pues la felicidad de un amigo siempre es una bendición, eso para mí. Habrá quién sea ello motivo para darse contra las paredes o morder el yeso de las mismas. Cada uno es como es…
Yo por ejemplo llevo un año en el que no han cambiado muchas cosas. O sí. Pero lo han hecho para mal. Muertes, enfermedad… Pero no sé qué cosas, me decía una amiga mía en mi desesperación y en mi soledad ante todo lo que se me venía encima que saldría reforzado de todo esto, que aprendería cosas. Y algo de eso sí que lo hay, si.
He aprendido a saborear hasta un soplo de aire o la belleza de una flor. Si les parece estúpido y manido, pues nada, cada uno es libre de regocijarse con lo que quiera, un amigo mio solía regocijarse de su mercedes hasta que de un descuido dió una hostia que lo dejó siniestro total… antes de que cambiaran muchas cosas, cuando aún vivía mi perro Romo y yo daba largos paseos con él a veces me metía en mi mismo, dándole vueltas a “problemas” que en realidad vistos ahora, eran auténticas paparruchadas, y recuerdo el ladrido infalible de mi perro y su mirada de atención moviendo el rabo con entusiasmo, como diciendome: “so tonto     no vés el día tan bonito que hace, como huele el romero, la retama, el mar, el aire limpio… ¡vamos a jugar!” y entonces empezabamos a jugar al futbol o a tirarle palos o al escondite con esos mismos palos y las horas se me habían ido y uno salía de esa experiencia lleno de vida y lo que momentos antes era un problema amargante ahora no era más que una breva podrida que terminaría por caer por sí sola.
Ese aprendizaje que me proporcionó Romo también me ha ayudado en estos momentos tan difíciles, no se vayan a creer,,, Sí. He aprendido de un perro y no solo esto, sino muchas cosas más. Entre otras algo que queda fuera del alcance del ser humano que es ese tan cacareado “amor incondicional” que éllos en su pureza de alma y su nobleza de corazón no tienen reparo alguno en dártelo a raudales.
El caso es que todas estas situaciones ponen las cosas, precísamente, en su justa perspectiva. Cada cosa en su lugar y con la importancia y la premura debidas.
Anoche Alvaro y yo disfrutamos de una noche maravillosa. Una noche de finales de febrero, fría, con una luna llena hermosa a más no poder, brillante, que lo inundaba todo de una claridad misteriosa y fantasmal… Brisas y susurros de la hierba llena de humedad por la lluvia reciente… Olor a lluvia y el sonido del mar allá a lo lejos. Una conversación tranquila. De repente un relámpago… otro… y comenzaron a caer goterones. Nos refugiamos en el coche pero aún ni siquiera pusimos música. Preferimos escuchar la “banda sonora” hermosa y grandiosa del exterior… El agua azotando el coche, el viento aullando, intentando colarse por cualquier hueco, y los relámpagos iluminandolo todo de repente con su resplandor cárdeno como si fuera una fotografía antigua, como si todo se quedara parado, y luego la replica del trueno…
Pero oyendo esos truenos no pude más que acordarme de la situación en la que se encuentra mi madre y de lo que han estado intentando hacer quienes hubieran debido estar besando el suelo que pisaba y apoyándola en momentos tan difíciles y tan cruciales para un ser humano como estos…
Ya no había luna, no había fotos, Romo estaba muerto y Bahram y Surada. Y mis amigos quedaban lejos, como el primer amor, y llovería esa noche. Llovería sobre Alvaro, sobre Romo, sobre mí, sobre la música, los conciertos, las esperanzas y sobre los viejos caminos olvidados.
Los truenos redoblaban como tambores. Tambores negros, en este amanecer de Caín.

(Bueno Fran. Esta vez casi lo consigo creo, por lo menos la función no se me ha comido el texto. A ver si a la tercera…)

Sin posteos relacionados.

2 comentarios para “EL AMANECER DE CAÍN”

  1. avatar Tweetytuo dice:

    Es admirable tener la pausa suficiente como para que hoy en día no te arrastren las obligaciones (que en realidad no lo son tanto) y sepas disfrutar de LOS pequeños momentos (que en realidad son grandiosos).

    Hoy en tu honor, mientras leía tu columna, he decidido apagar la tele, quitar el spotify y tirar estar letricas al ritmo de una incesante tromba de agua. He de reconocer que su sonido me relaja, amansa, apacigua e incluso domina a su antojo la vorágine del día (y vive dios que hoy lo necesitaba, amigo Sancho). Gracias por pararme.
    Es curioso pero anoche, cuando venía de ‘rodar’ tuve la misma sensación fantasmal sobre el ambiente. Quieras o no, impone que el piso esté chorreando mientras en el cielo, plomizo él, domina una luna perfectamente redonda, de blancura inmaculada, y escoltada en la distancia, como con respeto, por nubarrones densos aclarados por el brillo del satélite. Impone porque más que alumbrar, te vigila.

    En otro orden de cosas… el caso es que con todos tus textos suelo redescubrir palabras erosionadas en mi por el olvido del desuso (perdón, pero me ha salido así). Hoy le ha tocado a retama. ¡Qué gozada volver a encontrame de nuevo con ella! No sé cual de los dos casos se remonta más en el tiempo: si leer retama o escuchar el tintineo de la lluvia agazapado en una mantita de turno.

    Ah, y gracias por un texto propio (se echaba de menos)

    PD: Lo conseguiste sin mi ayuda, machoteeee

  2. avatar SlowBurn dice:

    He de reconocer que su sonido me relaja, amansa, apacigua e incluso domina a su antojo la vorágine del día (y vive dios que hoy lo necesitaba, amigo Sancho). Gracias por pararme.
    Bueno, gracias a tí por leerme y por haber desconectado todas esas cosas y por pararte. Es necesario, obligatorio, pararse de vez en cuando. Pero no en un estacionamiento vacuo e inútil, sino en algo enriquecedor y que te haga tintinear los diamantes que todos tenemos en el alma.
    Si no lo haces así, la vida se encargará de pararte, y esa, esa no entiende de barcos…

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