Felices qué

escrito con cariño por ozymandias

Desde que soy papá, me han vuelto a interesar las navidades. He recordado cuando llegaba mi cumpleaños, justo antes de nochebuena, y recibía regalos antes que nadie. Un año tuve gripe. Otro me regalaron un cómic que me hizo mucha ilusión. Luego, una navidad llegó el primer disco que cambiaría mi vida…
La señora que está atada a la silla de ruedas me da un beso al entrar por la puerta. Apenas la he visto dos veces en toda mi vida. “Felices fiestas”, acierta a decir con voz temblorosa. Le devuelvo el saludo. Saca una servilleta doblada del bolsillo y la coloca en mi mano. Un acto reflejo, una huella mental de otra época, otra navidad, otras personas. Un gesto noble, generoso, mecánico, que sobrevive a fuerza de pura bondad al Alzheimer. Luego me coge la mano y la aprieta. La señora está mayor pero conserva su fuerza…. Me zafo como puedo. Su mirada, azulada y acuosa, me persigue durante unos segundos. Hasta que alguien le ofrece una revista enrollada….
El olor del roquefort, huele como si alguien se hubiera muerto bajo la mesa del comedor, y termina por quitarme el hambre. Me dedico a observar a la señora, en su silla de ruedas, dando golpecitos a la mesa con la revista. Paf, paf, paf…
Y ahí estoy yo. Y pienso que un día no estaré ahí para cuidar de mi hija. De mis hijos. De mi querida MJ. Que no podré resurgir de mis cenizas para partirle la cara a cualquier hijo de puta que tratase de meterse con alguno de ellos. Y, para mis adentros, me disculpo. Un día mi hija se convertirá en una señora mayor. Y me recordará, en la distancia de los años, como quien más la quiso en el mundo, un rostro borroso que se cruza a través de la neblina de los años, como la luz de un atardecer. Porque así será. Igual que la señora fue, una vez, una niña pequeña, feliz tal vez en los brazos de su padre como Montsita lo es en los míos. Luego alguien volverá apreguntarme por qué paso tanto tiempo con la niña a cuestas. Y me pregunto, me pregunto… Me pregunto si existe un lugar mejor. Lejos de la endivia con roquefort. Lejos del olor a muerto. Lejos del Alzheimer. Una ciudad mágica como la que he inventado para mi hija, la que contemplamos todas las noches antes de dormir, cuando en realidad sólo son las luces distantes de un pueblo vecino.
Nos marchamos. Montsita cantó villancicos en el coche. Vimos las luces navideñas. Comimos turrón. De chocolate.
He podido por fin leer “Arrugas”, la novela gráfica de Paco Roca. Sobrecogedora, tierna y brutal. Narrada con un magnífico estilo de línea clara, me ha retrotraído a la noche de la endivia con Roquefort. Leedla, es muy reveladora…
O mejor: Bajaros “Hot Fuzz” (“Arma fatal” en castellano) y pasadlo bien. Carpe diem, joder.
Feliz año a todos…

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