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	<title>Comentarios en: Nothing&#8217;s impossible</title>
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	<description>Diario vírico (que no viral) de olvidados frente a un vaso de moscatel</description>
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		<title>Por: SlowBurn</title>
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		<dc:creator>SlowBurn</dc:creator>
		<pubDate>Fri, 21 Sep 2007 16:45:08 +0000</pubDate>
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		<description>Quizas... Quizás sea cuestión de tener solo una razón. Quizás sea cuestión de ver solo un poco. De ver un atisbo de un sueño. Un resto de algo, un jirón de un suspiro de dolor en la persona que tienes al lado cuando estamos parados en medio de una vieja estación de tren abandonada en pleno trayecto de un incierto e interminable viaje... 
Pero el viejo reloj oxidado detenido a las 7 y 5 (de la mañana o de la tarde) se mece en el viento y te recuerda que si miras ese pedazo de dolor amigo y compañero &quot;nada es imposible&quot; y vuelve a mecerse sobre el gozne viejo y enmohecido que lo sostiene con una clueca carcajada.
Mientras, mis amigos y yo nos refugiamos del frio en aquella vieja estación abandonada, por donde no sabemos exactamente si va a volver a pasar algún tren, aunque, tercos, nos miremos y en el fondo de nuestras miradas lo esperemos siempre que nos miramos, una y otra vez. 
A la vez que golpeo el piano y Jose mueve los acordes cadenciosos en su vieja guitarra se levanta un polvo que no molesta a nadie en aquella fantasmagórica estación quizás porque es un polvo producido ya por nadie, producido por fantasmas que alli habitan, abandonados, y que a nadie molestan... De tarde en tarde el lejano aullido de una locomotora parece entremeterse en la canción y parece formar parte de ella. Otra vez son sonidos como de raíles de tren. Maria José se asoma con la niña en su costado a la puerta de la vieja estación con los ojos abiertos &quot;Alli vie...&quot; No termina la frase. No es nuestro tren. Es otro tren que resuena por otras vias lejanas.  Despacio vuelve a entrar en la vieja estación acariciando los dulces rizos de la pequeña cabeza de Montserrat y se sienta, pese a la tristeza, al lado de su marido a repetir en el coro &quot;Nothing´s Impossible&quot;.
Los miro y no es bastante las gracias que puedo darle a Dios y a Destino de que hoy estén conmigo aquí en esta estación abandonada, en este punto muerto. Mientras puedo ver a través de los polvorientos cristales como en un barrio lejano de una ciudad aún más lejana un niño cae barrido por un guantazo que su padre le da al llegar a casa mientras en su caida el niño todavía tiene tiempo de oler el peste a vino antes de perder la conciencia.
Vuelvo a mirar a Montse en los brazos de su madre que ahora canta &quot;I still believe in love at first sight&quot;
Todo esto es una canción sin importancia en un atardecer en una estación de tren abandonada. En una estación por la que quizás ya no pase nunca más ningún tren pero en donde, al caer la tarde, cuando el sol poniente entraba a duras penas, rojizo, encendiendo la lóbrega estancia en cientos de tonos de color rojo y madera sentí que estaba con personas que me escuchaban y que sabían ver sin reprochar los pequeños jirones descosidos de dolor de mi corazón, al igual que yo el de ellos. Y me daban su amor y el amor de su pequeña.

&lt;strong&gt;Todo va por vosotros&lt;/strong&gt;:
&lt;em&gt;Jose A. Gallardo&lt;/em&gt;
&lt;em&gt;María Garreta&lt;/em&gt;
&lt;em&gt;Alvaro Moreno&lt;/em&gt;
y, como no, mi fuerza secreta: &lt;em&gt;Montserrat Gallardo Herrera&lt;/em&gt;</description>
		<content:encoded><![CDATA[<p>Quizas&#8230; Quizás sea cuestión de tener solo una razón. Quizás sea cuestión de ver solo un poco. De ver un atisbo de un sueño. Un resto de algo, un jirón de un suspiro de dolor en la persona que tienes al lado cuando estamos parados en medio de una vieja estación de tren abandonada en pleno trayecto de un incierto e interminable viaje&#8230;<br />
Pero el viejo reloj oxidado detenido a las 7 y 5 (de la mañana o de la tarde) se mece en el viento y te recuerda que si miras ese pedazo de dolor amigo y compañero &#8220;nada es imposible&#8221; y vuelve a mecerse sobre el gozne viejo y enmohecido que lo sostiene con una clueca carcajada.<br />
Mientras, mis amigos y yo nos refugiamos del frio en aquella vieja estación abandonada, por donde no sabemos exactamente si va a volver a pasar algún tren, aunque, tercos, nos miremos y en el fondo de nuestras miradas lo esperemos siempre que nos miramos, una y otra vez.<br />
A la vez que golpeo el piano y Jose mueve los acordes cadenciosos en su vieja guitarra se levanta un polvo que no molesta a nadie en aquella fantasmagórica estación quizás porque es un polvo producido ya por nadie, producido por fantasmas que alli habitan, abandonados, y que a nadie molestan&#8230; De tarde en tarde el lejano aullido de una locomotora parece entremeterse en la canción y parece formar parte de ella. Otra vez son sonidos como de raíles de tren. Maria José se asoma con la niña en su costado a la puerta de la vieja estación con los ojos abiertos &#8220;Alli vie&#8230;&#8221; No termina la frase. No es nuestro tren. Es otro tren que resuena por otras vias lejanas.  Despacio vuelve a entrar en la vieja estación acariciando los dulces rizos de la pequeña cabeza de Montserrat y se sienta, pese a la tristeza, al lado de su marido a repetir en el coro &#8220;Nothing´s Impossible&#8221;.<br />
Los miro y no es bastante las gracias que puedo darle a Dios y a Destino de que hoy estén conmigo aquí en esta estación abandonada, en este punto muerto. Mientras puedo ver a través de los polvorientos cristales como en un barrio lejano de una ciudad aún más lejana un niño cae barrido por un guantazo que su padre le da al llegar a casa mientras en su caida el niño todavía tiene tiempo de oler el peste a vino antes de perder la conciencia.<br />
Vuelvo a mirar a Montse en los brazos de su madre que ahora canta &#8220;I still believe in love at first sight&#8221;<br />
Todo esto es una canción sin importancia en un atardecer en una estación de tren abandonada. En una estación por la que quizás ya no pase nunca más ningún tren pero en donde, al caer la tarde, cuando el sol poniente entraba a duras penas, rojizo, encendiendo la lóbrega estancia en cientos de tonos de color rojo y madera sentí que estaba con personas que me escuchaban y que sabían ver sin reprochar los pequeños jirones descosidos de dolor de mi corazón, al igual que yo el de ellos. Y me daban su amor y el amor de su pequeña.</p>
<p><strong>Todo va por vosotros</strong>:<br />
<em>Jose A. Gallardo</em><br />
<em>María Garreta</em><br />
<em>Alvaro Moreno</em><br />
y, como no, mi fuerza secreta: <em>Montserrat Gallardo Herrera</em></p>
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