Y se casó

escrito con cariño por ozymandias

San Sebastián era un romano bueno. Que también los había. En sus ratos libres, se dedicaba a dar de comer a los cristianos, lo cual estaba muy mal visto por sus compis de la centuria; Tanto, que al final lo ataron a un poste y lo cosieron a flechazos. Pero, visto que no se moría, lo azotaron hasta que palmó. Que ya hay que ser burros. En cualquier caso, el tal Sebastián caló hondo en el colectivo cristiano de la época, hasta el punto de bautizar una ciudad con su nombre. Además, es el patrono de los arqueros. Unos cachondos los arqueros.

En eso andaba yo pensando mientras el cura número dos alababa, el coro cantaba y Penny se quejaba del calor que hacía en la iglesia. Mientras Dieguin Nodoyuna se casaba.

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Pero me estoy adelantando. La boda, para mí, empezó la mañana del día anterior, viernes. Dejamos a Montsita en casa de mi suegro. Nos encontramos con tweety y esposa, Labetty y Slowburn en casa del primero. Al verme, Slowie dejó escapar una risita. Enseguida supe de qué se reía. Pero es lo que hay. O lo que queda.
Camino de Almería, uno podría pensar que el paisaje se va degradando kilómetro a kilómetro. Al principio, puedes admirar los acantilados de Maro. “Podríamos venir a pasar un día con la niña”, le digo a penny. Ella asiente. No lo hemos hecho. En realidad, no me gusta la playa. No entiendo la playa.
Roquetas de Mar es, como su nombre indica, rocas y agua. Y ladrillos y gruas. Y veraneantes con gorra, camisa abrochada por un solo botón, bañador de Carrefour y alpargatas de plástico podrido. En Roquetas, uno sólo puede ir del pisito a la playa y viceversa. Me deprime pensarlo. En el CD del coche, suena Robbie Williams.
Muchas caravanas y muchas curvas. Almería me queda cada vez más lejos. Slowie hace honor a su nombre. Va por delante en su coche, acompañado por Labetty. Tranquilo, pero seguro. Tú zí. Primal Scream releva a Robbie Williams. Me quedo dormido. Cuando despierto, aún estamos de camino. Y Robbie Williams está ahí de nuevo, Advertisement space oh
Uno sabe que está llegando a Almería porque está todo plastificado. Como la carpeta de una adolescente. Kilómetros y kilómetros de plástico que una vez fuera blanco y ahora no llega a amarillo pipí. Imaginé que aquellos engendros estarían repletos de moros y negros sepultados en plástico. Sin aire acondicionado, sin duchas, sin papeles. Una comarca que tiene un equipo en segunda división y un concierto de los Rolling Stones a costa de la caló de todos aquellos infelices. “Deberían poner cada plástico de un color”, dijo Penny, “Eso le daría un poco de alegría a este sitio”. Una señal de color azul nos indica que pasamos junto a un pueblo llamado La Mojonera. En efecto, un mojón de sitio.
Me duermo otra vez, escuchando “It`s never been like that” de Phoenix. Para cuando despierto, estamos llegando, y ahí está otra vez Robbie. Hay que buscar el hotel. Pero, como dice Nodoyuna, Almería se resume en una calle muy larga, así que entramos por la calle más larga, la cruzamos entera, y violá, el hotel.
Pedazo de hotel, uno ya acostumbrado a sus hostalitos. Hay una foto del Rey (no Elvis, Juan Carlos) de cuando se hospedó allí mismo. En el hall hay un piano. Siento el impulso de acercarme y tocar un poco, pero luego me recuerdo mi norma de no tocar en público salvo que se trate de un concierto. También hay una sala de Internet (más bien un cuartucho de internet) con un niño hindú que parece que vive allí.

Comemos en un Kebah y Penny sale en busca de una peluquería. Luego alguien propone ir a tomar café o algo así, pero no presto atención.
De vuelta al hotel, Penny me tiende la mano.
Libre de Montsita, duermo como una piedra. Me despierta Penny llamando a la puerta “¿te has muerto o algo?” son las ocho y media de la tarde. Salimos a cenar. Primero a un restaurante de ambiente cinéfilo que sirve unas tapas cutrísimas. Luego a una zona de bares donde comemos algo más razonable. En la calle, el portero de una discoteca charla con un borrachín pulgoso y sin dientes. Vamos de copas a un pub irlandés. La música está alta, así que paso de hablar. Asiento y sonrío, eso es todo. Paso el rato mirando una foto de Jake Lamotta que cuelga de la pared. De ahí, nos vamos a un bar Heavy donde los jevis hacen lo que se supone que debe hacer un jevi; tomar cerveza y jugar al billar. Soy incapaz de diferenciar Megadeth de Testament de Slayer. Gracias al monitor del reproductor de MP3 del bareto, voy pillando algo. Pero estoy cansado y me quiero acostar. No sé, supongo que después de llevar ya diecisiete felices meses viviendo en Planeta Montsita, ahora que estoy fuera no logro desconectar de mi hija. La echo de menos.

Penny duerme desnuda esa noche. Por la mañana, la observo, y me pregunto cuánto tiempo que no hacía algo así..
El desayuno del hotel es caro, pero riquísimo. Comer hasta hartarte durante el desayuno en un hotel es uno de los mayores placeres de la vida.
La gente se va al Cabo de Gata. Antes de salir, mi vecino me recomendó que fuese a bucear al Cabo. Ya. Bucear yo. Penny se va a la peluquería, y yo decido dar una paseo a ver si encuentro algo en esta ciudad que merezca la pena. Desisto. Hace calor. Recibo una llamada de uno de los dos o tres infelices que aún se interesan por la salud de mi padre. Camino de comprar el periódico, me topo con un rótulo que cuelga de una balconada : Gestoría González Fortes , y el rótulo que Dieguín diseñó para su suegro.. Y pienso: “A que tendría gracia que me topara ahora con Dieguín en la puerta de la Gestoría de su suegro”.
Pues allí estaba.

Me costó trabajo reconocerlo; no sólo por la serendipia tan brutal, sino porque se había cortado el pelo. Suele decirse que cuando uno se corta el pelo parece más joven. En el caso de Diego, pasa a la inversa. De repente, su verdadera edad quedaba al descubierto, una vez despejada la melena. Junto a él, estaba su madre, Mari Carmen. No fue hasta verla a ella que me convencí. Pero ahí estaba, con su aire despreocupado, su sonrisa de quien deja que la vida fluya, con ese bamboleo característico, como una brizna de hoja a merced del terralazo. Mari Carmen mantenía una cierta expresión escéptica. Como expectante. Se diría que no se creía nada de aquello; que su hijo no se casaba, que todo era una broma y que las cámaras de “Inocente Inocente” aparecerían en cualquier momento para confirmar sus sospechas.

El suegro de Diego surgió como de la nada, con gesto firme y decidido. Empezó a hablar con Diego como si ya llevaran media hora de conversación (ni buenas tardes ni nada), y desgranó una serie de instrucciones quasicastrenses exactas y precisas.

Al poco, llegó un nutrido grupo de familiares de la novia que secuestraron a Diego como si de una facción de la mafia rusa se tratase. Se llevaron también a su madre, que se despidió de mí encogiéndose de hombros. Respondí arqueando las cejas, en señal de complicidad.

De manera que compré el periódico y volví al hotel. Bajé a la piscina, pero el agua estaba calentorra. Jamás me he bañado en una piscina tan caliente. Trasmitía el tema cierta sensación escatológica, hasta el punto de pasar calor dentro del agua. Para la hora de comer ya me había equivocado de habitación y de planta tres veces, hasta el punto que el conserje me miraba con cara de estar pensando “ahí viene otra vez el tonto éste que se cree que está alojado aquí

Penny volvió muy guapa y con el pelo muy estirado. No sé; a mí me gustan sus rizos. No recuerdo dónde comimos, pero sí lo que hicimos después.

Me dormí. Cuando desperté, faltaba menos de una hora para el evento.

“Está muy cerca del hotel”, nos dijeron de la iglesia. Tan cerca, que había que recorrer una avenida entera. Y la pobre Penny con sus tacones. Sentí la tentación de abordar un trenecito turístico que pasó junto a nosotros. Me pregunté que pensaría el suegro de Diego al vernos llegar manejando un trenecito de juguete. Hay cosas que no tienen precio.

La Iglesia estaba en obras. Había que entrar por una puerta lateral. La Iglesia, en fin, vista una, vistas todas. En el altar había tres curas. Uno, el párroco de San Sebastián. Otro,.. pues la verdad, ahora que lo pienso, no sé por qué estaban los otros dos. Nada. Allí celebrando un acto en teoría feliz delante de un tipo crucificado y otro cosido a flechazos.
No entiendo las bodas. De veras que no. ¿Quién se casa en una boda? ¿Los novios? ¿Los padres de los novios? O tal vez, ¿Sólo uno de los novios?

Para estar en una iglesia, hacía un calor de mil demonios. Según me dijeron a posteriori, en la iglesia había aire acondicionado. Sólo que el cura se negaba a conectarlo, o algo. Ahora, pasar el cepillo, sí que lo pasaron.

-Échale algo -susurró Penny-

-No.

Penny metió a la fuerza en mi puño cerrado unas monedas de céntimos de euro. Me metí la mitad en el bolsillo, y eché el resto. El tipo del cepillo no daba las gracias. Y tenía cara de andar cabreado, estreñido o ambas cosas. Yo creo que nos caímos bien enseguida.

No veas si se hace raro escuchar a Dieguín hablar por un micrófono. Y más diciendo esas cosas tan serias “Yo Diego, te tomo a tí, María José..” Mientras, su suegro se sentaba a su lado, inclinando el cuerpo hacia delante. Aunque se dirá que era por el nerviosismo típico de estos eventos, uno piensa que lo que procuraba el hombre era estar lo más cerca posible de Diego, no fuera que se arrepintiese a última hora y poder cogerlo por el pescuezo si tratase de echar a correr.

Porque esa es otro de las cosas que o entiendo de las bodas ¿Por qué la gente se pone nerviosa en las bodas? ¿es que va a salir algo mal? ¿Alguien ha estado en una boda en la que todo haya salido torcido? Qué sé yo.. Que el cura tropiece y caiga por las escalinatas a lo Fidel Castro.. Que el novio se equivoque, y al pronunciar sus votos, suelte el nombre de su amante en vez del de la novia, que la novia eche a correr como en aquella película tan espantosa… O que cuando el cura dice aquello de “si alguien tiene algo que decir que hable ahora o calle para siempre” se levante un tipo con gesto cansado y ojeroso, barba de tres días y gesto desesperado, como salido de un culebrón, y exclame: “Yo sí tengo algo que decir”; Lo cual, en realidad, no se cargaría la boda. En todo caso, le daría un poco de interés. Pero no; Esas cosas no pasan. En vez de disfrutar del asunto, la gente se descompone, se pone histérica, sudan como pollos y se colocan al borde del infarto.

En cualquier caso, y como suele suceder, la boda terminó sin sobresalto alguno. Nos disponíamos a salir de la iglesia cuando el hermano de Diego, Antonio (que aplazaba sus planes de dominar el mundo antes de los cuarenta para después de la boda) me pide que acuda junto a los novios. Voy.

Diego suda como el pollo del que ya hemos hablado y María tiene la mirada perdida y una sonrisa automática. A Diego el frac le queda raro. Lo suyo son las camisetas viejas y los tejanos raídos. No esto.

Vamos al cuarto contiguo a firmar en el libro de testigos. Me llama la atención que el cura tenga ordenador en su por otra parte vetusto despacho, lo que da una idea de cuánto tiempo hace que no piso el despacho de un cura. Me pasan el libro. Estampo mi firma, y, debajo, escribo el nombre del invitado ausente, Bruce, con letra pequeña, minúscula.

Volvemos al altar. Comienza la ronda de fotos. Le hago un gesto a Diego para que se seque las perlitas de sudor de la frente. Cuando llega el turno de la familia de Dieguín, me dice: “Venga, a hacerte la foto con la familia”. Me emociono. Snif. Me coloco en el último escalón, mi cabeza aparecerá por encima de la del novio. Un familiar posa junto a mí, y me mira extrañado; “Yo es que pasaba por aquí, je..” . frunce el ceño. Decido dejarlo correr.

Cuando salgo de la iglesia, parece ser que Tweety ha estrellado un niño contra una farola. Hay antecedentes. En concreto, cuando estrelló un foxterrier contra la ventanilla de un coche, cierta vez, en Madrid.

Cuando volvemos, el niño hindú sigue enclaustrado en la sala de internet. Hay un empleado del hotel tocando el piano del hall. Algunos temas le salen mejor que otros. Al menos, los novios tienen la consideración de hacerse las fotos de rigor en poco tiempo, por lo que los invitados no tuvimos que esperarlos durante horas, como en otras muchas ocasiones. Cuando llegan al hotel, María sigue en modo automático.

La recepción se celebra en la piscina calentorra. Sirven unos canapés de ésos exquisitos, tan exquisitos que la camarera, en muchos casos, no nos sabe decir qué contienen. Aunque no bebo nunca, me acerco con LaBetty a por una copita de vino. Pero el tipo que las sirve, vestido de campero y todo, tiene un ceremonial tipo escancio el vino del barril y lo deposito en la copa con gesto flamenco que me hace desistir de pedir una segunda copa.. El niño de la farola lleva un rato rondando a Tweety. Tal vez quiere que lo vuelva a estrellar contra algo. Lleva un moratón espectacular en la frente.

El suegro de Diego continúa histérico perdido y se pasa la recepción de un lado a otro de la piscina. Sólo faltaba que se cayera. De camino al comedor, un amigo/pariente de la novia súper friki se acerca al pianista y comienza a cantar a viva voz piezas de musicales e incluso alguna canción infantil. La gente lo mira con gesto incómodo. No sé; A mí, hasta el momento, me parece lo más interesante de la velada…

En el listado de mesas para la cena, se ve que algunos apellidos no los controlanan mucho. Así, en el caso de la señora de Tweety, se leía: Francisco Javier Poyatos y Encarni; mesa 7. Ah, aquéllas fórmulas de antaño!! La verdad es que te solucionaban muchos problemas. Si no sabes el apellido, escribías: Señor Poyatos y señora, y hale, como un rey. A mi Penny le encanta ir a una cena y que en la mesa ponga: Señora de Gallardo. Es que le pone.

A mi lado se sienta Vincent, el amigo levantino de Diego. Cuando ya no puede más con el suspense, pregunta a viva voz: “¿Cuál de vosotros es el cantante?” . Er, yo, me temo, respondo. Lo que nos deriva en una conversación bastante larga sobre Bruce, el Rock and roll, y Bryan Adams. Para cuando suelto mi típica diatriba tostón sobre el estado del mercado discográfico en España, la conversación, y la cena, tocan a su fin.

Diego y María han tenido el precioso detalle de colocar nuestra mesa junto a la de los novios. Mari Carmen continúa con su expresión de no creerse nada. Tras la cena, obsequian a los novios con unos números de baile. Algunos me parecen más afortunados que otros, pero eso yo.

A partir de ahí, lo típico, aquello que hace que, en tu memoria, unas bodas se confundan con otras y no recuerdes con claridad qué pasó dónde. Bebí un poco demasiado, Penny se partía de risa viendo a los abuelos bailar algo llamado Zipi Zipi Zapa, que debe ser el último grito en esto de las orquestas nupciales, aunque yo no lo había oído nunca. otros aprovecharon la fiesta para ir de cacería, aunque hubo quien desistió al poco, ya que no había percal, según parece.

Luego estaba el típico invitado crápula, en esta ocasión  con acento mexicano, que felicitaba a Diego con los ojos llenos de chiribitas, empapado de sudor y con la panza descolgada y el pantalón por debajo de los testículos; disertó un rato acerca de las bondades del novio lo que estática sonrisa de borrachín le permitía, hasta que perdió el hilo de lo que estaba diciendo, y Diego y yo permanecimos un rato escuchando su abstracta diatria, hasta que se aburrió y se fué.

¿No vas a cantar tú? me preguntó alguien. No, respondí. Primero, porque nadie me lo ha pedido. Segundo, porque, aún así, me remito a mi norma  de no cantar en público salvo en conciertos. Un pariente de Diego se puso a cantar con la orquesta un pasodoble y demostró en la práctica mi teoría.

La orquesta tocó (es un decir, porque todo era playback) Paquito el chocolatero (Huy, de haber estado Montsita) y cerraron el quiosco. De nuevo, todos los invitados a felicitar al novio mientras se despedían, y Diego esforzándose por prestar atención a lo que le estaban contando. Imagino que, para entonces, su suegro respiraba tranquilo ya.

Un invitado que parecía salido de la hora chanante andaba empeñado en mantear a Diego. Como el tipo que insiste en alargar la fiesta cuando es evidente que la feria del pueblo se ha terminado. La primera vez, desistió en el amago; La segunda vez, trató de coger a Diego en brazos, y éste puso cara de pocos amigos. A ver si todavía terminamos a hostias, pensé, yéndome hacia donde estaban. Pero el tipo desistió de nuevo.

En fin. finito. Al día siguiente, me desperté algo deprimido por culpa del alcohol, y de las bodas en general. Tanto, que me dormí en el coche (algo totalmente inusual en mí, que si no duermo en una cama no duermo) y casi me pierdo el paisaje del desierto de Tabernas que se contempla desde la autovía a Granada. Y eso, en un fan irredento de Clint Eastwood, hubiera sido imperdonable. De vez en cuando, me despertaba, y creía escuchar alguna de mis canciones. Ese CD es un tostonazo, pensaba. Y me volví a dormir. Por la autovía dirección Granada el viaje se hace más soportable.
De vuelta a casa, mi recién comprado coche tenía el parabrisas delantero agrietado. Un muy apropiado fin de fiesta. Por suerte, tengo los cristales asegurados.

Y se casó, que dijo Steve Martin en El padre de la novia.  Montsita nos recibió con los brazos abiertos y una sonrisa. A la próxima te vienes con nosotros, le dije.

No entiendo las bodas. Así que espero que la próxima tarde en llegar. Y También espero que nos reunamos para algo más que para las bodas. Y lo digo sobre todo por aquellos que ni por ésas aparecen. Tal vez no seamos lo suficientemente buenos. O importantes.

Pero, en cualquier caso, enhorabuena, Diego Y María.

Nos casamos en un día lluvioso.

El cielo amarillo, la hierba gris.

Firmamos los papeles, y nos largamos.

Lo hice por tu amor.

Paul Simon, For your love

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4 comentarios para “Y se casó”

  1. SlowBurn SlowBurn dice:

    No entiendo las bodas. Así que espero que la próxima tarde en llegar. Y También espero que nos reunamos para algo más que para las bodas. Y lo digo sobre todo por aquellos que ni por ésas aparecen. Tal vez no seamos lo suficientemente buenos. O importantes.

    Pero, en cualquier caso, enhorabuena, Diego Y María

    ¡¡ASÍ HABLÓ ZARATRUSTA!!

  2. ozymandias ozymandias dice:

    ¡ASÍ HABLÓ ZARATRUSTA!!

    Zaratrusta. Que si no te la m… te la incrusta.
    (Que ya sé que es una ordinariez impropia de un servidor, pero no he podido evitarlo)

  3. SlowBurn SlowBurn dice:

    que es una ordinariez impropia
    Eeeeeh… Zí. Ya hace tiempo que usté dejó el colegio de árbitros… Aunque supongo que el ambiente de la docencia le andará a la zaga. Quizás por eso.

  4. ozymandias ozymandias dice:

    Eeeeeh… Zí. Ya hace tiempo que usté dejó el colegio de árbitros
    Ya sabes lo que dicen. Puedes dejar el colegio de arbitros, pero el colegio de arbitros no te deja a tí. Ehhh.. En cualquier caso, la verdad es que era una rima demasiado buena como para dejarla escapar. Ahora que lo pienso, podría incluirla en alguna cancion..

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