Marco

escrito con cariño por ozymandias

-¿Tú crees que está muerto?

-¿Y yo qué sé? Dale con un palo, a ver. Es lo que se hace en estos casos, ¿No?

- ¿Con un palo? No sé… ¿Y si está vivo, y grita? Alguien podría oirnos.

- Marco, estamos en medio de un bosque. No hay nadie en kilómetros a la redonda. Además,  no te preocupaste tanto del ruido cuando le soltaste dos tiros.

- Ah. eso. Es que mi pistola lleva silenciador ¿Ves?

- Porque ésa es otra ¿Desde cuando vas por ahí con una pistola encima?

- Hará ya diez años, creo. Bueno, ésta no, que se la compré a Bambi hará dos meses. Y no la llevo encima. La guardo en la guantera.

- ¿Diez…? Marco, Somos socios desde los quince años. ¿Y me entero ahora de que todo este tiempo has ido por ahí con una pistola? Y ¿Cuándo se suponía que ibas a contármelo?

- Bueno; Que seamos socios no significa que tengamos que contárnoslo todo..

- (Suspiro) En fin. Fíjate en el charco de sangre que se le está formando debajo de la cabeza. Por no hablar del de debajo del tronco. Este tío está muerto. Nuestro único proveedor, y te lo cargas.

- Ya te lo he dicho. Se metió con mi madre.

- Con tu madre.

- Eso. El tipo llegaba tarde, como siempre. Y ya sabes el coraje que me da tener que esperar aquí, en mitad de ninguna parte, a que se realice la entrega. Cualquier día aparece un guardia forestal, empieza a hacer preguntas y a tomar viento. Y encima hoy llega como una hora y media tarde. Se baja del coche con esa sonrisa de soplapollas que lleva siempre en el careto. O mejor dicho, llevaba. Total, que le digo “¿Qué? otra vez tarde, ¿No?” y el imbécil responde, así con recochineo, “Zsí”, con su asqueroso acento del quinto pino. Y yo: “No me lo digas; Otro atasco en la autovía, ¿A que sí?” Y va y me suelta: “Sí. se estaban tirando a tu madre en mitad de la calzada”. Y va y se parte de risa. De manera que voy al coche, abro la guantera, saco la pipa, y le digo:”Anda, ríete de ésto, ruso de mierda”

- Era eslovaco.

- Como si me importara. El caso es que se le borró la risita de la jeta. Ya te digo.

- Marco, era nuestro único proveedor.

- ¿Y? Ya encontraremos a otro.

- ¿Otro? En primer lugar, no sé de nadie más que tenga lo que este tío vende. Y aún así, cuando esto se sepa, a ver quién va a querer hacer negocios con nosotros.

- Ya encontraremos a alguien. Además, nadie tiene por qué enterarse. Hacemos desaparecer el fiambre, y punto en boca.

- Ya. Y ¿Cómo planeas hacerlo? Ya que parece que lo tienes todo previsto.

- Uf. Pues en eso no he caído. Ojalá Bambi no estuviera en la cárcel. Él sabría qué hacer, fijo.

- ¿Él? ¿Bambi es un tío?

- Pues claro. Bambi, de Bambino. Qué si no. Joder, como el de la película. Que Bambi era un ciervo, chaval. Un tío. Un bicho con un mandao así de grande.

- No me puedo creer que estemos manteniendo esta conversación. Ni que hayas matado a un hombre por bromear acerca de tu madre.

- Llamó puta a mi madre.

- Marco, tu madre es prostituta desde los dieciséis años. Y ahora regenta un club de alterne.

- Ya; Pero él no lo sabía.

- (Suspiro) En fin. Aún no me has dicho qué vamos a hacer con el cadáver.

- Bueno. Podríamos tirarlo al pantano. Está justo aquí al lado.

- El cuerpo se llenará de gases y flotará.

- Pues tendremos que rajarlo en canal.

- ¿Tendremos? Que yo recuerde, aquí el pistolero justiciero eres tú.

- Es que a mí, lo de rajar gente, no sé… Podríamos quemar el cadáver.

- Oh, sí. Muy buena idea, Marco. Quemémoslo. En medio de un bosque. A ver cuánto tardan en ver el humo los forestales. En quince minutos, tenemos aquí a los bomberos, la policía, el ejército. Si es que no piensas.

- Bueno, pues troceémoslo. Y lo quemamos en un horno.

- ¿Trocearlo? ¿Tú sabes lo que cuesta trocear un cadáver?

- Bueno, una vez ví a Bambi descuartizar a un chivato. Tardó unas seis horas. Tampoco es tanto. Y en el maletero llevo la segueta de la clase de marquetería de mi niño.

- ¿Una segueta?

- Te sorprendería lo que se puede hacer con una segueta y un pelo de los gruesos. Bambi… 

- Marco, hazme un favor. Olvídate de Bambi aunque sean cinco minutos, ¿Ok?

- Bueno. Lo siento. En fin, creo que la opción de rajarlo y tirarlo al pantano es la más viable.

- Pues hala. Ya sabes.

- Podrías ayudarme a meterlo en el coche al menos. El ruso éste es enorme. Y ahora es un peso muerto. Vaya, buen chiste. Un peso muerto.

- Ya te lo he dicho; Es tu problema.

- Que sí, joder. Mira, yo lo agarro por los hombros y tú por.. LA HOSTIA PUTA!!!

- ¿Qué? ¿Qué pasa?

- Pasa que este cabrón está vivo

- Sí, hombre.

- Que sí, que sí. Que he ido a cogerlo y se ha movido. Que sigue vivo. Estos rusos son la leche. No se mueren ni pa trás.

-Eslovaco. Marco, es..

- Que sí. hostias. Conque a ver qué hacemos ahora.

- Rematarlo. Coge la pistola.

- ¿Qué? ¿A sangre fría? No podemos hacer eso.

- Vaya. Ahora se me vuelve escrupuloso, el señor.

- Déjame hablar con él.

- ¿Qué?

- Que sí. Mira, con la bala metida en el cráneo, seguro que es incapaz de mentir. Voy a hacerle una pregunta. Según lo que me responda, lo rematamos o no.

- Marco, de estar vivo, no creo que sea capaz de entenderte.

- Déjame intentarlo. Yo no quería que esto sucediera. Fué un calentón, tú ya me conoces.

- Marco…

- Escúchame: Cuando mi madre estaba embarazada de mí, le encantaba ver los dibujos animados de Marco, el niño que se pateaba toda América en busca de su madre. Yo no conocí a mi padre. Ni siquiera mi madre sabe con certeza quién fué. El caso es que le ímprsionó tanto la serie que me puso el nombre del niño aquél, que, vale, vale que era un maníaco depresivo y  que no habría sobrevivido ni al segundo día de viaje. Pero encontró a su mamá. Y a la mía aquello le llegó al alma. Fíjate que incluso se leyó el libro. De los nosequé a los nosecuantos.

- De los Apeninos a Los Andes.

- Lo que sea; Pero, años después, mi madre y yo nos acurrucábamos frente al televisor, y veíamos la serie como el que va a misa. Y, al final de cada episodio, me decía: “Marco, si alguna vez yo me fuera lejos.. ¿Tú irías a buscarme también?” Y yo, que era sólo un niño, le respondía siempre “Sí mamá”. Y nos abrazábamos. Y así un día tras otro.

- Marco, tu madre no ha salido jamás del pueblo. Una vez fue a Portugal a comprar toallas. Y creo que no se bajó del autobús.

- Ya te lo he dicho; No espero que lo entiendas.

- En fin. Haz lo que quieras.

- A ver: Eh, rojo, soy yo, Marco. ¿Me oyes? Escucha, lamento haberte disparado. Pero es que tienes que ser más puntual, hermano. Y no debiste meterte con mi madre. En fin; voy a hacerte una pregunta. Si respondes sí, aprieta mi mano dos veces ¿Vale? Pues alla vá:

Rojo, ¿Me perdonas? Dí ¿Me perdonas?

- Déjalo Marco. No puede oirte.

- Pero, ¿Qué haces?

- Que ya no importa. No he sido del todo honesto contigo, Marco. No eres el único que va por ahí con una pistola en la guantera. Sólo que la mía no lleva silenciador. Así que, si no te importa, usaré la tuya contigo. Siempre has sido un bocas, Marco. Te quiero como a un hermano, pero sabía que antes o después pasaría algo así. Ya pensaré qué hago con vosotros mientras consigo que Bambi salga de la cárcel.

Ah, y no te preocupes por tu madre. No va a necesitar ir a ningún sitio.

De eso me encargo yo.

 

 

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