Carmela

escrito con cariño por ozymandias

Tendría yo unos siete años. Solía acompañar a mi padre al trabajo por las tardes, durante las vacaciones de navidad o los días de puente. Paseaba con mis primos por la alameda; compraba algún tebeo. Al llegar la noche, la oficina quedaba desierta.

Desierta, y callada, salvo por el persistente tac-tac-tac de la máquina de escribir de mi padre. A esa hora, sólo quedábamos él, su secretaria y yo. Sentado en la sala contigua, me aprendí los tebeos de  memoria y me acostumbré a leer el periódico.

Poco antes de marcharnos, llegaba Carmela. A mis ojos, ya era una anciana entonces. la vida la había envejecido prematuramente.Llevaba el pelo ensortijado corto y canoso a la altura de la bata. Siempre con la fregona sujeta de la arrugada mano. No recuerdo haberlo visto con otra ropa que no fuera una bata y las medias cortas color carne a la altura de las rodillas. Me sonreía, una sonrisa que en sus buenos tiempos debió de ser limpia y luminosa, pero que ahora no mostraba sino una dentadura desdentada y los estragos de la edad en su rostro.

No tuvo suerte Carmela. Su marido murió joven, y ella tuvo que ponerse a limpiar para sacar adelante a sus dos hijos. El mayor, drogadicto. La niña, cargando con un matrimonio desafortunado y dos hijos traumatizados por el entorno. Dadas las circunstancias, es posible que Carmela no tuviese un minuto para sí misma en toda su vida. Para pensar. Para mirarse en el espejo. Para elegir.

Mi padre dio trabajo a Carmela durante treinta años. Ambos venían del mismo barrio, de Gamarra, como prácticamente el cien por cien de los empleados de mi padre. En el trabajo, había jerarquías. Pero, en el barrio, todos eran iguales. “Don José”, volvía a ser “pepe”. O “Pepito”. Cuando mi padre abandonó el negocio familiar para montárselo por su cuenta, Carmela se fue con él. Y allí estábamos los tres de nuevo, a la última hora del día, sólo cambió el escenario, del despacho de la Alameda al de Ciudad Jardín; Mi padre, Carmela y yo. Aunque, para entonces, ya mi padre me había declarado la guerra. No quiero rebeldes en mi  familia, me dijo. Fue su pearl Harbour particular. Y yo respondí.

Con el tiempo, Carmela pasó muchos fines de samana en nuestra casa. Ayudaba a mi madre a sacar adelante a su numerosa familia y su enorme casa; Venía acompañada de su nieto pequeño, Jorge, un niñito dulce y triste al que mi hermano y yo “adoptamos”. A Jorge le gustaba el Fútbol, la piscina y los mangas. Tenía trece años, y un temor reverencial a las películas porno. Los sábados, cuando sólo permanecíamos despiertos los tres, mientras veíamos algún partido de la premier league, mi hermano cambiaba de canal de improviso, y exclamaba: “Jorge, gol!!!” y le plantaba en toda la cara la peli porno del plus. Jorge volvía la mirada, con una sonrisa avergonzada y la mirada perdida. Ahora que debe tener unos veinticinco años, me pregunto si Jorge mantendrá sus viejos remilgos.

Porque, en algún momento, Carmela dejó de ir por casa. Es lo que tiene, que todo termina antes o después. Mi hermano mantuvo el contacto con Jorge. No podía ser de otra manera. Jorge y yo no teníamos nada en común, salvo el aprecio mutuo. Y es que en el mundo hay dos clases de personas; las que son como mi hermano y las que son como yo. Agua y aceite. Y Jorge pertenecía al mundo de mi hermano, no al mío de universidades, bandas de rock y anaqueles repletos de libros y tebeos. Jorge pertenecía a la calle, al curro, al fútbol.

Hace un par de días, mi hermano me visitó en el trabajo. Nos sentamos a tomar algo, y lo dejó caer tal cual:

-Carmela ha muerto.

De repente, una puerta de mi memoria que yo creía cerrada se abrió de golpe. Recuerdos en cascada, una marea violenta que se agolpaba en mi cerebro.

Permanecimos en silencio un buen rato. Por Carmela. Por la adolescencia perdida. Hasta que los cubitos de hielo de la coca cola terminaron de derretirse.

Dicen que cuando alguien va a morir, toda su vida desfila ante sus ojos. Yo creo que, cuando te enteras de que alguien ha fallecido, alguien que de alguna manera te importa, desfila ante los tuyos también.

Dondequiera que esté, seguro que Carmela se conforma con una existencia tranquila. En un lugar donde todo encaje. Donde los hijos no son drogadictos ni fracasan en su matrimonio. Y donde está todo siempre limpio porque otro habrá que lo limpie por ella.

Pero mira, Carmela, si volvemos a encontrarnos, que no se te olvide dirigirme una de tus sonrisas. Porque me gustaría volverme a sentir como si tuviera siete años. Especial.

Aunque sólo sea por un rato.

 

 

-Supongo que es como eso que dicen los franceses. Bueno, los franceses no. Esos tienen una república. Los suecos, esos sí. Y los ingleses, claro. Ya sabes, jefe. Lo que se suele decir.

-No Matthew, no lo se. ¿Qué es lo que dicen?

-El Rey ha muerto, eso es lo que dicen. El rey ha muerto. Larga vida al rey.

-Neil Gaiman. The Sandman: Las benévolas.

Sin posteos relacionados.

2 comentarios para “Carmela”

  1. penny rose penny rose dice:

    Cuando uno es niño comienza por amar profundamente a sus padres. Cuando ya ha crecido, los juzga, y algunas veces,hasta los perdona…..( Oscar wilde).

    Quienes comparten nuestra niñez nunca crecen….( Greene, henry gragha) y yo añadiría….. tampoco mueren…..

  2. Tweetytuo TWilly dice:

    digo yo que esté donde esté, le habrá encantado que este mundo tan olvidadizo alguien la recuerde, y que encima se le recuerde de forma positiva, con la tendencia humana a quedarnos con lo peor, más que contenta debe estar flipando

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