Me sorprendió la cara de estupor de mi amigo: desencajada, incrédula. Como si le estuvieran gastando una broma pesada.
– ¿Muerto…? ¿Que P. ha muerto? ¡Eso es imposible!
Insistí en el asunto. No sólo es posible que la gente muera, sino que ocurre con lamentable frecuencia y puntual seguridad a más o menos largo plazo. El común amigo acababa de fallecer de un infarto. Algo muy penoso, en efecto. Triste e inesperado. Pero en cuanto a hecho, a suceso concreto, resultaba real e inapelable.
– También un día te tocará a ti -añadí-. O a mí.
– ¡No digas barbaridades!
No digas barbaridades. Me quedé dándole vueltas al comentario y, como ven, todavía sigo haciéndolo. Mi amigo, el del comentario, es un hombre culto, con sentido común. Con esa cierta madurez que dan los años y la vida. Y, sin embargo, la posibilidad de palmar de un infarto se le antoja una barbaridad. Mi amigo tiene una casa, un BMW y una carrera, un par de cuentas bancarias en condiciones, una mujer muy guapa y dos hijos adolescentes con toda la vida por delante. Todos irreprochablemente sanos y felices, dichosos por vivir sumidos en un mundo confortable y en colores suaves. Dolor, muerte, son palabras lejanas, distantes, escritas en otro idioma. Sólo pueden -deben- pronunciarse respecto a otros.
Es curioso. Estamos en un tiempo y unos hábitos en que nos comportamos, vivimos y conversamos entre nosotros igual que si nunca fuese a cogernos el toro. Atrincherados en una barricada de eufemismos, miramos reflejados en el espejo nuestros cuerpos Danone como si éstos tuviesen la perennidad del bronce. Términos como fragilidad, provisionalidad, sufrimiento están desterrados del vocabulario oficial. Vamos por el mundo y por la vida sin moneda para el barquero Caronte en el bolsillo, como si nunca tuviésemos que acercarnos a laorilla de ese río de aguas negras que todos hemos de franquear tarde o temprano. El dolor, la vejez, la muerte, no tienen que ver con nosotros. Parecen exclusivo patrimonio de tipos distantes, más o menos exóticos, de esos que salen en el telediario: los chinos, los maricones con sida, los negros de Somalia, los moros que se ahogan en pateras cruzando el Estrecho. Esos desgraciados bosnios de los Balcanes. Nosotros no. Nosotros somos guapos, fuertes, sanos. Inmortales.
Uno lo piensa a veces, cuando ve a un descerebrado adelantando en zigzag a bordo de un frágil cochecillo al que cualquier fabricante canalla y sin escrúpulos le ha instalado un motor de dieciséis válvulas. Cuando observa a Borja Luís engominado, con elegante atuendo y carísima cartera de piel, enarcar una ceja en su asiento de primera clase mientras, cosmopolita, le pide champaña a la azafata del vuelo Madrid-Londres. Cuando ve a Rosamari con ese cuerpazo de veinte años que Dios le ha dado pasar por la calle haciendo temblar los vidrios de los escaparates, convencida de que va a seguir así toda la vida. O al ministro, al director gerente, al fulano o fulana de moda, posando ante los fotógrafos como si Dios acabara de darle una palmadita en el hombro.
Voy a confiarles algo: la vida es un cartón de bingo en el que siempre nos cantan línea antes de tiempo. Felipe González va a morirse un año de estos. Y Carlos Solchaga (sig). Y marta Chávarri. Y Mario Conde, Isabel Preysler y el que suscribe. Ninguno de los citados estará vivo, seguramente, para el 2043, que se encuentra, prácticamente, a la vuelta de la esquina. Tampoco -no crean que van a escaparse- ustedes mismos, porque ésa es una rifa en la que todos llevamos papeletas. Pero eso, que parece tan obvio, vivimos sin asumirlo ni reconocerlo. Desterramos lejos a los ancianos, a los que sufren, a los enfermos y a los muertos. Vivimos en un mundo analgésico, drogados con lo mucho que nos queremos a nostros mismos. Somos la biblia en verso, a cámara lenta y con música de anuncio de ron Bacardí. Du-duá. Du-duá.
Grave error. En realidad nuestro certificado de garantía es tan frágil que no duramos nada. Deténgase un momento a leer la letra pequeña: basta saltarse un semáforo, bajar al cajero y tropezarse con un navajero de pulso alterado por el mono. Basta que al mecánico de vuelo se le olvide apretar una tuerca, que un virus nos roce la piel, que un cortocircuito incendie de noche la cortina o que un tipo al que acaban de despedir de su empresa entre en la pizzería donde estamos con los niños, empuñando una escopeta del doce cargada con posta lobera. Uno puede bajar de la acera y no ver un coche, resbalar bajo la ducha, tener un trombo juguetón haciendo turismo por el corazón o por el cerebro, y entonces va y se muere. O sea, fallece. Palma. Desaparece. Pasa a mejor vida o no pasa a ninguna en absoluto. Y entonces va un amigo y le dice a otro: ” ¿Sabes que Fulano se ha muerto?” Y el otro, que acaba de tomarse una copa con el extinto, o que ayer, sin ir más lejos, lo vió con un aspecto estupendo, va y responde: “¿Fulano? ¡Imposible!”. Eso es lo que dice, el muy cretino. Absolutamente seguro de que esa vulgaridad no puede ocurrirle a él.
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Coño, me acabo de levantar. Ni siquiera tengo quitada las legañas y me encuentro debatiendo internamente con que si tambien me va a tocar a mí y cuando. Porque que te lo planteas y asumes es cierto a partir mas o menos de los treinta. Claro que con lo precoces que son los ninios de ahora… Pero eso, que darte cuenta, te das. Lo que no asumes es que sea de forma súbita.
Que caerás al ‘joyo’ o al jarrón de porcelana hortera por culpa del rápido paso del tiempo, pues como que lo admites, porque entre otras cosas no te queda más remedio. Pero las miles de posibles oportunidades de quedarte en el sitio, sean una de ellas las que te corte las alas como que no se admite. Es más, si hubiese un sólo caso de inmortalidad actual de forma natural o si me apurais química o física manipulada por el propio hombre, ya ni siquiera la primera versión de nuestra propia muerte la tomaríamos como una posibilidad. Igual nos obsesionaríamos sólo con conseguirla, importándonos todo lo demás absolutamente cero. Al igual que ahora con los veinteañeros y su pleitesía y sumisión al cuerpo. El suyo digo. El de la o el otro, si es tá buena o bueno, es normal.
Quien sabe igual se uniría a ese, y primero se buscaría la inmortalidad y como es parte del espectáculo es estar absorbidos por una vorágine de necesidades, pues detrás de éste, vendría el del culto al cuerpo o tener la mayor pasta del mundo. O las dos a la vez.
Ya lo decía un ‘gran’ cantautor o rockero en su época postadolescente: ‘Yo no me quiero morir nunca’ como título de una de esas melodías tristes, melancólicas en las que tan de moda nos encontramos ahora. ¿futurólogo musical? quien sabe. Pero pasa el tiempo por él, y por todos, y aparece mas tarde ‘El hombre que mató a Jose Gallardo’. ¿Futurólogo? espero que no. Entre otras cosas porque un rockero, si tiene que ser asesinado, tiene que ser a los 33, si no ni siquiera es autentico, y por ende, su viuda no vivirá como un marajá el resto de su vida a costa del marido muerto a manos de un tarado. Pero volviendo al caso, se dan todas las pautas.
PD: A mí no me va a pasar nunca. O sí, ¿quién sabe?
Es una metáfora. Una metáfora. Una metáfora.
Se malinterpreta. En realidad es una canción que celebra aquellas cosas por las que merece la pena vivir. Y por las que, quizás, merece la pena sobrevivir en el recuerdo de los que dejas atrás. ¿La muerte? Hay varias formas de morirse, supongo. Que te dé un jamacuco de ésos, y plaf. Vale. Rápido y limpio. Que te pille un cáncer o una enfermedad terminal y te digan aquello de “Le quedan seis meses de vida. Estimamos que va a morirse usted para el 6 de Enero, por lo que, si se espabila, puede aguantar lo suficiente como para darle a sus retoños los regalitos de reyes”. No quisieraestar en los pantalones de ese tipo.
Y luego está la verdadera y auténtica muerte. La estándar, el enemigo invisible que nos acompaña desde el día que nacemos. Nos lo va arrebatando todo poco a poco, como un ladronzuelo cualquiera, hasta que llega un día en el que no te queda nada de aquello que constituía tu vida, tus ilusiones, tus sueños; de manera que, en fin, cuando el segador llega, lo abrazas con agradecimiento, con el calor con el que se acoge a un viejo amigo. Y eso es todo.
Yo, como Nodoyuna, no tengo miedo a la muerte. Sí a morirme en según que condiciones. Pero lo que más me asusta, es que llegará un día en el que yo ya no esté, y no podré cuidar de mi querida Penny, ni del mi amor de mi vida, Montsita.
Supongo que alguien dirá: “Ya sabrán cuidarse ellas solas”. O no. Yo, como dije en la canción, quiero que mi amor hacia ellas me sobreviva, les reconforte algún día cuando yo ya no esté.
Y una cosa: cuando me muera, si alguno de ustedes me sobrevive, procuren impedir por todos los medios que se me haga una misa. O se exponen a que los acose desde ultratumba.
Simplemente siéntense donde les plazca, y hagan sonar “The long road”, interpretada por Eddie Vedder, Nusrat Fateh Ali Khan y Ry Cooder. Gracias
-”Soy la Anti-vida, el Juicio final, la oscuridad al final de todas las cosas. Fin de universos, Dioses, mundos.. Todo. Y ¿Qué eres tú, Señor del Sueño?
- “Soy la esperanza”.
Neil Gaiman: The Sandman, Preludios y nocturnos”.
“Eres mortal. Es el destino de los mortales. Asistes al funeral, te despides de los muertos. Sufres. Luego continúas con tu vida. Y, a veces, darte cuenta de su ausencia te golpeará como un puñetazo en el pecho, y llorarás. Pero eso irá sucediendo cada vez menos a medida que el tiempo pase.
Ella ha muerto.
Tú sigues vivo.
Así que vive”.
Neil Gaiman. The Sandman: Vidas breves
Matthew: “En fin, ya sabes lo que dicen los franceses. No, probablemente los franceses no. Tienen un presidente o algo. Los británicos, supongo. O los suecos. Ya sabes a que me refiero. Lo que suelen decir”.
Morfeo: “No, Matthew. ¿Qué es lo que dicen?”
Matthew: “El rey ha muerto, eso dicen. El Rey ha muerto. Larga vida al Rey”.
Neil Gaiman, The Sandman: La tempestad”.
Eso espero. Eso espero . Eso espero
Eso no te lo quita ni la legión
Metáfora de tio fumao hasta las cejas
PD: ¿te lo sabes todo lo de Gaiman de memoria, o tienes una biblioteca de citas suyas? ¿qué dijo Neil el 13 de Febrero de 1974 a las 12:30? (no vale inventárselo)
Ambas
Todos nos hemos puesto a pensar que qué sería de nosotros si somos nosotros los que morimos, que pasaría con nuestras vidas, pero ahora digo yo, pensad por un instante cual es el pilar mas importante en la base de vuestra vida ahora, qué haríais si “desapereciera”?, como sería ahora vuestra vida?.
Yo pienso que morirse no es lo difícil, imagino que pasas unos segundos mal y ya, lo dificil es vivir todos los días recordando a la persona que se fue.
Weno Mary,s a este respective servidor es de la opinión que ninguna cosa o persona QUE NO SEAS TÚ tiene el poder de hacerte feliz o desdichado. Sé que esta aseveración y más en mis teclas tiene mandanga y tal vez más de un@ se le estén cayendo los bigudíes al leer ésto.
Pero seas o no consciente de éllo sólo tú decides ser feliz o desdichad@ según te aferres o dejes de aferrarte al objeto de tu apego en una situación determinada.
El ser humano es el segundo en la escala genética que se amolda con mejor facilidad a las circunstancias, después por supuesto de las cucharachas.
No saqueis consecuencias precipitadas de esto. O sí.
Tardas más o menos, pero te ‘camaleonas’ al fin y al cabo.
Y más cosas. Pozi pozi
vos no ha escrito esto, verdad que no? deberias de poner que Arturo Perez-Reverte escribio esto. Porque it looks like lo estas poniendo como si fuera tuyo.
Perdona, pero todos los que participamos en este blog sabíamos de quién es el texto. Y, salvo que seas el interesado (que no lo “sos”)
pues métete en lo tuyo.
De verdad estoy hasta arriba de gente que sólo escribe aquí para dar por c….
Calma Ozy, calma
Aunque tenía alma de troll el pobre, no quise dejarlo fuera.
A estas alturas pensar que alguien puede perder parte de su tiempo en decir algo positivo es cuanto menos irreal.
¿Ves? Ya me ha salido la vena negativa.
La verdad es que como carta de presentación en un blog no dice mucho en su favor, conste.
Yo suelo leer muchos lugares casi a diario, pero en cambio no tengo por costumbre escribir en ellos (aunque sea asiduo). Cuando lo hago… o es para
1.- preguntar algo. Siempre hay alguien que te puede enriquecer
2.- para felicitar por algo. Me ha resuelto algún problema o simplemente me ha enriquecido más de lo esperado
En finxs, cada uno es como es