Ahora recuerdo…
Frío, y ahora recuerdo…
Era una mañana fria, muy fría, de finales de enero o principios de febrero. Caminaba por los barrios de la parte Oeste de la ciudad. No recuerdo qué es lo que me llevó a caminar por aquella parte. No esperaba a nadie; nadie me esperaba a mí y yo nada tenía que hacer allí; pero lo cierto es que caminaba por aquel lado, alejándome cada vez más del sitio en el que había dejado aparcado el coche.
Pasé a través de una callejuela oscura que formaban el espacio entre dos edificios y llegué a una plaza, también rodeada de altos edificios, donde el cielo era oscuro. Al menos desde el trozo de cielo que yo pude ver al salir de aquella callejuela, estrecha y apestada de orines… Era de día, pero el cielo allí era oscuro.
En la plaza, en una de las esquinas, había un bar abierto con unos ancianos asustados en una de las mesas y un hombre borracho acodado en la barra que farfullaba algo al camarero: un hombre grueso y fuerte con camisa blanca y pelo y bigote entrecano, que escuchaba al borracho sin oirlo, mientras su mirada parecía perderse en algún lugar fuera de aquella plaza.
Allí había entrado yo por la derecha.Y por esa parte y los demás puntos cardinales aquél lugar estaba rodeado por altos y grises bloques de pisos, excepto por la parte Sur, que era por donde tenía salida a una carretera que la cruzaba y que, junto a un muro de guarda de las vías del tren, marcaban el final del territorio de la plaza que, por todo ornamento, tenía en su centro un pollete redondo de ladrillo encima del cual había una farola pintada de grís metálico con cuatro focos en su extremo.
Sentadas allí, a los pies de la farola, unas mujeres hablaban cuchicheando mientras varios chiquillos jugueteaban por la plaza.
En otro de los lados estaba abierta una de esas pequeñas tiendas de barrio con un muestrario de artículos colgando por la puerta. Del bar salió el sonido de una máquina tragaperras invitando a echarle unas monedas a cambio de unos segundos de fugaz felicidad… Sonaba extraña aquella musiquilla en medio de aquella mañana tan fria. Aquellos sonidos, el bar, una radio que sonaba dentro de la tienda, las madres que llamaban a sus hijos; yo los oía sintiendolos venir desde algún lugar mucho más lejano y solitario.
Abandoné aquella plaza por la calle que la atravesaba, anduve debajo de unos árboles de hojas grises y flores amarillas cuyas copas se elevaban a gran altura sobre mí y llegué a otra plaza, ésta más amplia, que salía al fondo a una carretera. En la plaza había un instituto de enseñanza. Pasé por una calle que quedaba a la izquierda del mismo. De una de las ventanas salieron risas que se perdieron resonando por encima de los edificios en el frío de aquella mañana helada.
El frío… Una ráfaga de viento helado me hizo subirme el cuello del chaquetón. Me pregunté cómo serían los jóvenes que se encontraban allí dentro; cómo serían sus almas; qué ilusiones tendrían y cuáles de esas ilusiones se harían realidad y cuáles se quedarían para siempre en el laberinto de los anhelos fracasados. Noté que el frío se apoderaba de mi cuerpo mientras caminaba y los sonidos seguían pareciendo todos cada vez más lejanos. El ruido mismo de la ciudad era una sensación lejana, colgada del tiempo, como la memoria de un recuerdo.
Luego, no sé por qué calles anduve, ni qué vueltas dí, pero de repente allí estaba ante mí: Un viejo muro de piedra gris, ennegrecido por el musgo, el abandono y el olvido. En su pared se abrían algunos agujeros y yo podría haber mirado a través de ellos para saber qué era lo que había al otro lado; pero antes de intentarlo ya miraba por encima del muro. Miré por encima del muro y, cuando pude ver, la vista me llenó de tristeza…
Era una mañana helada, de finales de enero o principios de febrero. La luz del sol brillaba pálida, sin apenas calentar, desde aquel cielo yerto y extrañamente despejado. La noche anterior había llovido. Había charcos en aquel paraje que de repente apareció ante mí.
Al fondo estaba el mar, agitado, de color gris oscuro. Por el horizonte venían una nubes muy negras. Tres gaviotas calladas sobrevolaron mi cabeza. Podía escuchar el silbido de sus alas al cortar el aire. La ciudad quedaba a mi espalda como un rumor lejano. Hasta mis oidos llegaba el eco de las voces de unos niños jugando en el patio de un colegio, muy lejos.
Aquel lugar emanaba abandono, olvido, pérdida, dolor. Por todas partes fábricas abandonadas, edificios en ruinas, hierros retorcidos, suciedad y miseria. Naufrágios.
Entre una nave en ruinas de grandes ventanales con los cristales rotos y unas montañas de escombros aparecieron. Jugaban… Tres niños arrabaleros jugaban. Uno se encontraba agachado en cuclillas delante de un charco negro y frío del que cogía agua para echarla en un tarrito de cristal que luego iba guardando en los bolsillos de los raídos pantalones. Llenaba un tarrito, se lo guardaba en el pantalón y el siguiente que llenaba se lo daba al segundo niño que estaba de pie, a su lado y que también se lo guardaba en los bolsillos del pantalón sucio y roto. El tercer niño, un poco más apartado de los otros dos, jugueteaba con desgana revolviendo con un palo entre uno de aquellos montones de escoria, mirando de reojo con odio y recelo.
Sentí curiosidad por saber qué clase de juego tan extraño era aquél; pero también empecé a sentir alarma. Algo no iba bien. Algo me decía que no debía permanecer en aquel lugar mucho tiempo más; que debía marcharme, pues, de lo contrario, pasaría “algo”; no sabía qué, pero algo tremendo… Pero mi curiosidad pudo más.
Me acerqué a los niños para preguntarles qué clase de juego era aquél al que jugaban. Pude ver sus rostros reflejados en el agua negra. Entonces el niño que estaba agachado cogiendo agua levantó la vista del charco helado y desde allí me miró con unos ojos en los que, en un solo instante, vi la soledad, la tristeza, el anhelo y un montón de preguntas esperando ser respondidas. Fue como si aquellos ojos esperasen la llegada de algo que, sin embargo, sabían que no llegaría jamás. Una angustia como nunca antes había sentido me oprimió la garganta hasta ponerme al borde de la asfixia…
Y entonces sentí y supe que a mis espaldas algo me miraba. Algo inmenso y terrible, que había estado mucho tiempo esperándome, pero no importaba, porque tenía todo el tiempo del mundo. Algo increíblemente malvado y que venía justamente a por mí. Giré en redondo sobre mí y al darme la vuelta el terror y el pánico me golpearon el pecho como si me arrancasen el corazón: Una sombra negra, muy alta y oscura, se recortaba contra el azul frío del cielo y desde su altura la sentía yo mirarme amenazante.
Fue al asustarme que vi aquel fantasma. Era una chimenea muy alta de una de aquellas fábricas abandonadas… “Nada que temer”, pensé mientras huía despavorido de aquél lugar.
Desperté temblando de frio en medio de una mañana de noviembre. Dentro del cristal temblaba la llama de la vela que encendía antes de dormir. Entre las rendijas de la ventana ululaba el viento helado que llegó a acariciar mi cara.
Entonces abrí las cortinas a unos pálidos rayos de sol.
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Um.. Supongo que no hace falta morirse para que tu vida entera desfile ante tus ojos. Incluso aquello que aún no ha llegado a suceder.
Decía Hawksmoor que el tiempo es arquitectura. Todo sucede al mismo tiempo, entonces.
Sabes, yo me pasé años padeciendo una sensación similar. Una terrible intuición que me advertía de que, en efecto, algo tremendo iba a pasar. Me despertaba por las mañanas con esa sensación, una inquietud que me paralizaba mental y físicamente un día tras otro.
Al final pasó.
A ver, detalles…¿Que pasò?
PD: A ver si vas dejando de hablar como el Oráculo de Delfos, hijo mio
Jopé, hijo, pues que no te cosques de a lo que me refiero….
Ahhhhh….. “eso”….
Es que estoy espesito estos dias y si encima vais todos hablando en clave… Que parece esto un episodio de Mission Impossible
Vale, pues dejemos de hablar en clave: ¿Qué hay de la producción del CD? ¿Te vas a tirar el moco o no, millonetti?
Puesssss… si no se a cuanto (asi a ojo) asciende la cosa…
Que tampoco estoy como el Tio Gilito, uno siempre ha sido modesto
que poco respeto al autor del texto por dios
los dos como cotorras hablando de sus cosillas sin sacarle partido al escrito
¿que es lo que paso? y… ¿quien va a producir que?
estoooo, no te desvieeeeeeeeeeees
A lo que iba: excepto porque cuando yo me sentía así, sé perfectamente que no tenía coche, juraría que lo contado lo he vivido (que no escrito, que para eso ya está el escribano) con anterioridad (¿un dellavú? no se no se)
Lo extraño es que en ese momento me sentía un viejo respecto a los niños de la calle, y curiosamente … hace un güevo de tiempo de eso. Ya casi ni siquiera existen esas chimeneas. Yo las viví, las sufrí y las temí directamante.
Terroríficas conjuntamente con su perrito faldero obligado de nave adyacente. Pero si así lo eran, solas eran descomunalmente intimidatorias. Sentías el vértigo incluso pisando el suelo. Veías como se te venía encima. Cómo le salían extraños brazos que te atrapaban mientras se inclinaba sin piedad hacia ti.
Pánico infantil, tal vez, pero ahora las echo de menos. Para ser un elemento intimidatorio para los ‘cabezones’, ha pasado con el tiempo, y supongo que por dejarlo pasar, y removerse en el subconsciente a su antojo, a ser una pincelada de paz y sosiego. Ahora me traen recuerdos de abrazos paternales y guiños ‘abueliles’ (perdón por la palabra)
Será que por eso que, dónde sé que existen todavía, me gusta darme un garveo de cuando en vez y sentir de nuevo el calor de la inocencia.
PD: me encanta, (siempre me ha ocurrido), el argumento literario utilizado de finalización de una frase y comienzo de la siguiente con las mismas palabras. Mismas palabras que reafirman el convencimiento en la trama. No sé si me explico. … Pero me encanta.
PD2: gracias
Por fin. Ya me temía que ésto terminara siendo un nuevo foro sobre Springsteen o, lo que es peor, sobre la situación actual del fúrbo… No; no te desvíes que pa eso ya estoy yo. Gracias.
Ahora que sé lo que significa consuela mucho saber que no lo he vivido (soñado) yo solo. Yo las veía desde la terraza de mi tío, el que me quedaba despúés de la muerte de mi padre; el que me hacía reir y era un trabajador como los que yo imaginaba debajo de las chimeneas, esforzado por llegar a fin de mes, mucho antes de que el cáncer se lo llevara y convirtiera las fábricas en ruinas.
Qué extraño que siempre te sentí tan lejos y tan cerca Twilly. Me dá miedo cómo van encajando las piezas del rompecabezas.
Tal vez esté empezando a morir o quizás ya lo esté y por eso todo encaja mejor, como dice en algún sitio Ozymandias.
También a mí me ha pasado al final. Durante años ese sueño me perseguía. Muchas veces, cuando me disponía a autodestruirme, aparecía un recuerdo del sueño, aparecían las Chimeneas y la cara del Niñó… Y yo intentaba girar el timón hacia otro lado… Pero no había manera. Quizás tenía que vivirlo. No lo sé. Por aquélla época, (siendo aún joven también me sentía muy viejo) vino a caer en mis manos la serie “Estación de Nieblas” de Sandman. Y sólo encontré reposo en las palabras de Gaiman, en “El Jardín de Destino” en ellas me consolé y aún hoy lo hago cuando veo las Chimeneas y los Niños Arrabaleros…
“Por mucho que uno espolee el caballo en dirección contraria, lo inevitable aguarda siempre en la puerta de la Samarcanda más próxima…
- No me diga… ¿Esto pertenece a lo leído o a lo vivido?
- Adivínelo -se lo quedó mirando con fijeza antes de añadir:- Usted parece un tipo listo, señor Corso.” (A. Pérez-Reverte “El Club Dumas”.)
P.D.: GRACIAS DE CORAZÓN A TODOS.
P.D.2: POR CIERTO OZY: ¿QUÉ ES LO QUE PASÓ? YO ESTOY DENSO EN SESIÓN CONTÍNUA…
Un día después de leer el relato, deseaba ir a agradecer a mi madre en su xx cumpleaños (¿la edad no importante verdad?) por toda una vida a disposición de los demás, y en especial a u sus hijos. El caso es que siempre me cuesta decidir el lugar más apropiado dónde saciar las obligaciones terrenas en cuanto a manduca se refiere. Pero esta vez lo tenía bastante claro. Hay un restaurante, de reciente creación , frente al mar. Entre él y el agua salada con bastante contaminación sólo existe una edificación. Una chimenea aislada. Al no existir mis propias chimeneas, tengo que buscar las cercanas geográficamente hablando que me evoquen las lejanas o no tanto de mis recuerdos.
El caso es que fuimos. Es un mesón al que prácticamente nunca me dejan entrar. No ya no es por las zapatillas yumas, no. Siempre está lleno. Pero como los astros se están alineando, allí me contraba yo, en el mesón, rodeado de buena compañía, frente a mi chimenea y de fondo el mar. Hablámos de todo un poco. Pero cada vez que salía un tema espinoso, levantaba la cabeza y miraba al frente. Mi chimenea me invitaba a tirar los problemas al mar. Y es que para mayor escarnio de ésta, ese día me tenía abierta una doble puerta en la base, que dejaba ver a través de ella la libertad. Podías cruzarla. No fue necesario físicamente, pero reconozco que lo hice. Y varias veces.
Como era un gran día pedimos ‘parrillada’ de pescado para todos, la cual pensamos en acompañarla de un vino rosado de la casa. Todo era cuasi idílico. Despues llega la realidad y la estropea. La parrillada de pescado se convirtió por arte de birli birloque en parrillada de carne al estilo barbacoa cutre zalshishera con vino rosado. Por cierto o te la comías o te le comías, porque aunque el error era de ellos, las pruebas de vid así lo atestiguaban, y no iban a tirar la bandeja esa por una tontería. ‘Ya otro día comeis pescado’ (jejejjeje, lo siento no me pude enfadar. me hizo gracia)
Moraleja: No intentes crearte una realidad a medida, que la existente te recordará mas temprano que tarde, que no eres el que manda en tu vida
AMÉN.
Sí que intentaré recordar el próximo cumpleaños de mi madre…Por lo menos lo intentaré.
Controlale las cartas de El Corte Inglés. Es genial para eso. Te avisa dos días antes, jejejje
PD: ya lo sabíiiiiiiaaaaa, pero nunca viene mal una confirmación