Lo más probable es que ninguno de los miembros de la pandilla de alegres muchacho del Unamuno hubiera mantenido el contacto una vez llegados a la Facultad. Ignacio Lozano se mantuvo un tiempo, por el fútbol y tal, pero luego se esfumó, como el resto. Sólo Dieguito permaneció. Gracias, claro, a dos factores:
En primer lugar, el fútbol. Por aquellos días, mi hermano se había hecho cargo del equipo de fútbol sala que patrocinaba la empresa de mi padre. Por aquél tiempo el equipo aún se llamaba “Autoescuelas Gallardo”, con lo que podéis haceros una idea de lo mucho que ha diluviado desde entonces. Por aquellos días, el equipo deambulaba con el sobrenombre de “Los Barriguitas” por lo que podéis imaginar que la calidad futbolística de aquel grupito de empleados de Autoescuela no es que emocionara. En fin, cuando los empleados dejaron el tema, mi hermano, que se había hartado de marcar goles en el equipo de Peñas de mi padre para sólo jugar diez minutos al final de los partidos (Mi padre lo de los privilegios familiares lo entendía a la inversa) decidió hacer carrera por su cuenta en el mundo del Futbito. Al primero que enganchó fue a mí, claro. Yo había dejado el fútbol de competición antes de entrar en juveniles, porque no me cabía duda de que aquello del balompié no era lo mío… Pero un torneo de Futbito de empresas… Bueno, sería divertido. Hartos de jugar con gente a la que no conocíamos, pensamos que esta vez jugaríamos con los amigos, ganar o perder sería secundario. Así, la base del equipo en aquellos primeros tiempos la conformábamos mi hermano, Antonio Arjona, Tweety y un servidor. Claro, Faltaba el portero. Al principio, mi hermano echó mano de un amigo suyo de esos tan calaveras que tenía por entonces (Quién lo ha visto y quién lo ve ahora, con su todo a cien y tal…) quien, tras tres o cuatro partidos, decidió que eso de madrugar los Domingos para jugar al Futbito era incompatible con el Gin tonic.
De manera que se nos presentaba el gran dilema y desafío de cualquier equipo de futbito con vocación de continuidad: encontrar portero estable. Tras varias probaturas de coleguis de mi hermano que no estaban por la labor, o hablaban demasiado o simplemente no aparecían a jugar… Recordé algo de aquellos intensos partidos que solíamos jugar en el recreo del cole… Recordé que había alguien que se ponía de portero, y que no lo hacía nada mal…
Era Diego.
Al principio, mi hermano se mostró algo reacio ante la idea de incorporar a Diego al equipo: Cierto era que Dieguín no daba la imagen clásica del arquero cancerbero así a lo Ricardo Zamora, con sus bracitos caídos, sus gafas, su pachorra característica.. Pero yo, convencido de las aptitudes innatas de Diego para la portería, insistí. Al final, mi hermano, aceptó, no con mucha convicción, pero aceptó.
De manera que llamé a Casa de Diego. El ritual de siempre.
Mª Carmen: “Sí, ¿Dígame?”
Yo: “Hola, soy Jose. ¿Está Diego?”
Mª Carmen: “Sí, un momentito. DIEGUIIIIIIIIIIN…. Bueno, como te iba diciendo, le dije a Mari Puri que esas cosas hay que hablarlas que si no, luego la gente piensa que lo has hecho a propósito y…”
CUELGAAAAAAAAAAAAAAAAAA
Diego (Tras un prolongadito silencio): ¿Sí?
Jose: “Oye, soy Jose”
Diego: (…..) Hola
-Oye, que estamos montando un equipo de futbito, y necesitamos portero
- (…….)
-Y nada, he pensado que tal vez te apetece apuntarte
- (…….)
- Jugamos el Domingo por la mañana y tal..
-(……..)
-¿Diego? ¿Estás ahí?
- (:::::::::::::) ¿Eh? Ah, sí, sí.
-Bueno. Pues te recojo en el quiosco, donde siempre, ¿Vale?
- (….) Vale. Adiós.
Pues así se incorporó Dieguito a la plantilla del equipo. Y he de reconocer que nuestra apuesta resultó todo un éxito. Diego resultó ser un gran portero, con estilo propio, reflejos prodigiosos… Además, los equipos contrarios tendía a subestimarlo, y ese era su error, Diego era un as en el mano a mano, y sacaba siempre una mano imposible en el último momento. Además, se tiraba.. Nadie podría imaginar que un tío como Diego pudiera tirarse así. Yo soy incapaz de hacerlo, aunque tambien es verdad que Nuestro Señor no me dotó del arte porteril… Y tal que así, Diego obtuvo al menos, que recuerde, el trofeo al portero menos goleado en dos ocasiones. Incluso él se lo tomó en serio, se compró una equipación completa por Reyes, con guantes y todo…. Sólo tenía un par de defectillos: Los balones aéroes, que, si el delantero contrario no los cabeceaba, se colaban mansamente en la portería, porque, por alguna razón que se me escapa, Diego era incapaz de vigilar un balón aéreo y a un delantero al mismo tiempo. Tendía a mirar al delantero, y el balón se le perdía de vista.. El otro defecto eran sus salidas de portería. No porque no las hiciera bien, que las hacía, sino por su absoluta falta de iniciativa en ese tema: Cuando un delantero se quedaba solo frente a Diego, había que gritarle “DIEGO, SAL” para que saliera a despejarlo. Si no, se quedaba tieso como una estatua al borde del área. No importaba cuántas veces se le presentara la misma situación. O gritabas “DIEGO SAL” O Diego no salía. Era como su frase mágica, como el “Shazam” del Capitán Marvel o el “Cantiduviduvidá” de Luis Ricardo…
A pesar de todo, si ponemos en una balanza las virtudes y los defectos, el resultado no puede calificarse más que de positivo. Viéndolo allí colocado de portero, no podía sino maravillarme de lo testarudo del destino; Diego y yo estábamos destinados a ser amigos y a que esa amistad se mantuviera no importaba cuáles las circunstancias. Mientras otros iban desapareciendo, Antonio Arjona dejó de jugar cuando su rodilla se vino abajo ante tanto sobrepeso, e Ignacio Lozano dejó simplemente de ir a jugar, Diego se mantuvo, incólume, hasta que se convirtió en la seña de identidad de nuestro equipo. Mientras otros desaparecian de mi vida, Diego se mantenía ahí, de una forma u otra.
Pero no todo el mundo lo entendió así. Cuando mi hermano se asoció con el Waki para formar su nuevo proyecto, El Milán de las ligas de futbito de empresas, el estilo anárquico de Diego comenzó a chirriarles. Optaron por buscar otro portero, el clásico veterano de las ligas de empresas, y Diego pasó al banquillo. Detrás del Waki vinieron su hermano Sergio (Al que todos llamaban Zerio, a pesar de que siempre estaba sonriendo, porque en su familia no conseguían vocalizar su nombre) y su primo Nono. Con ese equipo, el antiguo Autoescuelas Gallardo, ahora Jarauto, se mantuvo imbatido chorropocientos partidos y ganó no se cuántos torneos. Claro que para entonces Diego y yo habíamos abandonado el equipo. Se había perdido el espíritu de lo que queríamos hacer al principio, Yo quería jugar con mis amigos, y tener a Diego en el banquillo no es precisamente mi idea de hacerlo.
De manera que montamos otro equipo, nos independizamos del Jarauto. Para entonces, LaBetty ya formaba parte de nuestro núcleo duro futbolístico, junto a Tweety, a los que había que añadir a Juan. A la hora de poner nombre al nuevo equipo, homenajeamos a Diego llamándo RADIKAL REVERTE. Nos compramos aquellas camisas verdes de la selección de Euskadi, y Francis a la suya le puso en la espalda un treinta y trés al revés, lo que derivó en aquella frase inmortal: “Es que no vas a crecer nunca”, grito angustiado y existencialista donde los hubiera.
El equipo no era gran cosa. Pero jugábamos los amigos, y yo era feliz. Duró lo que tenía que durar. Al final, para el último torneo sólo quedábamos Labetty, yo, y, por supuesto, Diego. Echamos mano de los primos de Penny para acabar el torneo. Y ahí se acabó. A partir de entonces, Diego se volvió remolón para el tema del Futbito, y, tácitamente, colgó los guantes. Aún atesora uno de los trofeos “Zamora” que ganó en el torneo. El otro, se lo quedó mi hermano, que heredó de mi padre el trastorno obsesivo-compulsivo de acumular trofeos aunque no fueran suyos…
Aún hoy, cuando juego al Futbito, me acuerdo de Diego. Era el rey de los porteros. Y pienso que tal vez algún día se anime y vuelva a jugar algún partidito con nosotros. Pero no cuento con ello. Cuando jugamos el torneo de Reyes del año pasado, miraba a Carlos (Nuestro portero actual) en la portería y no pude reprimir un pellizco de nostalgia en el estómago. Carlos no es mal portero, sobre todo cuando se centra, pero no es el mejor con el que he jugado.
Ni de lejos
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